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El legado de Lenín

Mucho se ha dicho que el gobierno que está por terminar ha sido inoperante, con funcionarios caracterizados por la desidia e incompetencia, con una burocracia que ha hecho gala de lentitud por desconocimiento o intereses en crear problemas para ofertar soluciones.

El gobierno de Lenín Moreno, identificado inicialmente como el delfín del anterior presidente, nació con el pecado original de ser el sucesor de Rafael Correa, no obstante se habría negado, inicialmente, a participar en la contienda electoral.

Ganó en unas elecciones envueltas por un velo de dudas, por la actuación poco transparente de un Consejo Electoral manejado totalmente por el gobierno de turno y que, luego de ir perdiendo, después del corte de la energía eléctrica, reapareció liderando la tendencia del voto. El resto es historia.

No pretendo analizar este tema, lo que sí creo, al igual que otros analistas sociales y políticos, es que cualquier otra persona que hubiera ganado en dichas elecciones, no hubiera logrado hacer lo que ha logrado Lenín.

En un Ecuador polarizado, tomado por el correísmo y sus huestes en todas sus instancias, instituciones, funciones del Estado, organismos de control y la administración pública, si resultaba electo otro candidato no oficialista habría sido destituido con su binomio a los seis meses como máximo, y asumía la Presidencia de la República el presidente de la Asamblea con mayoría absoluta del correísmo y seguía el jolgorio. No hay mejor cuña que la del mismo árbol.

El legado de Lenín es haber recuperado la democracia, el respeto y las libertades en nuestro país, donde gobernó con la más grade crisis económica heredada y alejado de las actuaciones dictatoriales de su antecesor, no obstante que la administración pública estuvo infestada de correístas. Trató de descorreizar el Ecuador, no lo pudo hacer, porque la ideología progresista del socialismo del siglo XXI aún está enquistada. De ahí los estertores de una Defensoría del Pueblo contaminada. Le corresponderá al presidente electo continuar con la dura tarea de descorreizar al Estado.